USA TU DOLOR COMO FACTOR DE IMPULSO

Ésta es la primera parte de una serie de dos artículos en los que me gustaría contribuir, aunque sea un ápice, a que optimices tu enfoque ante las adversidades que se te presentan.

Con «adversidades», me refiero a cualquier situación, evento o circunstancia que te confronte con tus límites… Que te despierte emociones abrumadoras… Algo, posiblemente, que te duela en lo más hondo. Quizá, incluso, que haga tambalear lo que has considerado hasta ahora como los cimientos de tu vida. O también algo menos intenso, pero continuo. Como esa pequeña piedra en el zapato, que, aunque no sea muy dolorosa, va retrasando tu paso y hace que camines más lento, quedándote rezagado al final.

Y, por «optimizar tu enfoque», entiendo potenciar al máximo una mirada sobre lo que estás viviendo y sobre ti mism@ que te empuje a poner encima de la mesa tus mejores «cartas»; a descubrir, desarrollar y poner en escena tu mejor Tú; tus capacidades, fortalezas y talentos. A desvelar una versión desconocida de ti mism@, más capaz y genuina. Un enfoque que te llene de confianza y valor para afrontar lo que te da miedo, que te lleve a desarrollarte y desplegarte en esa confrontación, y a llenarte aún más de seguridad, determinación y coraje. Lo que yo llamo un «círculo virtuoso» en toda regla.

Es decir, resumiendo: Una óptica que te haga sentir más grande que tu obstáculos.

Así que vamos con esta primera parte, en la que entenderemos el potencial de las experiencias dolorosas como un especie de trampolín para saltar más allá de nuestros límites habituales. Es decir comprenderemos por qué y de qué modo los obstáculos constituyen un gran aliado potencial, acotaremos en detalle el enfoque que necesitamos para aprovecharlo al máximo y veremos la aplicación en el caso de que la dificultad sea la enfermedad física.

Un recordatorio que quizá te inspire

Haz memoria por un momento…

Seguro que has vivido alguna experiencia difícil y/o dolorosa (o muchas) a lo largo de tu vida, que ahora, con retrospectiva, ves de forma muy (pero muy) diferente a cómo la veías cuando la estabas viviendo.

Eres una persona distinta ahora. Tienes una mirada distinta… Un bagaje, una resistencia y unas prioridades diferentes. También, seguramente, una concepción de ti mism@ y de lo que eres capaz de hacer y superar, que difiere mucho de la imagen que tenías de ti antes de haber pasado por aquel y otros obstáculos.  Así que ahora, con toda probabilidad, mucho de aquello que, en su momento, parecía el hundimiento de tu mundo, se te antoja diminuto. 

Es más, puede incluso que haya algunas dificultades que sigues viendo enormes… Puede que aún te estremezcas al recordar lo que pasó… Sin embargo, ya no les tienes el mismo miedo, ya no te abruman igual. O, aunque lo hagan, nació entonces en tu interior una confianza férrea en ti, que sabes que te acompañaría de nuevo si vivieras algo semejante.

Si profundizas un poco, te darás cuenta, además, de que, como acabo ya de insinuar un par de líneas más arriba, aquellos desafíos te convirtieron en la persona que eres ahora. 

Incluso, estás content@ y agradecid@ por haberlo experimentado, y haber transitado todos esos aprendizajes. Satisfech@, tal vez, por haberte superado a ti mism@.

Aquellas vicisitudes que viviste entonces sintiéndote pequeñ@ y asustad@, son ahora tus «heridas de guerra». Las «cicatrices» que endurecieron tu piel y te enriquecieron por dentro, dotándote de recursos y herramientas para próximos desafíos.

Y yendo incluso un paso más allá: 

Ahora puedes darle la vuelta y verlo justo al revés: No es que tuviste que crecer para superar aquellas trabas (así lo veías antes); sino más bien que la vida te puso esas trabas precisamente para que crecieras.

De eso se trataba. Esa era la «gracia».

Y es que no solemos percatarnos de que la vida no va de conseguir lo que nosotros queremos (o creemos querer) en cada momento. La vida va de crecer. De desarrollarnos, de conectar más y más con todo nuestro potencial y «escenificarlo» en nuestra vida. 

Y esto no solemos tenerlo claro.

Si lo tuviéramos presente, la vida, de repente, tendría otro sentido.

Un matiz antes de seguir

Antes de seguir adelante, no quiero omitir el hecho de que no siempre evolucionamos a «mejor» a través de los retos y  dificultades. 

Es obvio que, no poco a menudo, nos estancamos, nos bloqueamos, quedamos traumatizados por el dolor y aprendemos una (irreal pero aparente) indefensión por nuestra parte. Hacemos así una enorme «bola de nieve», que acaba haciendo el problema mucho más grande de lo que era en un inicio. Por ejemplo, imagina que tuviste que hacer una presentación importante delante de muchas personas, no te la preparaste demasiado dando por hecho que te saldría bien, fue un fracaso y empezaste a desarrollar un pánico a hablar en público, asumiendo que eras inept@ para ello.

Tampoco son pocas las ocasiones en las que, para tirar adelante, echamos mano de mecanismos de defensa que, si bien nos permiten «salir del paso» a corto plazo, a la larga nos hacen más mal que bien. Por ejemplo, cuando nos rompieron el corazón y nos hicimos una coraza de dureza e indiferencia, que nos ayudó a salir de la depresión entonces pero que, pasado un tiempo, empezó a sabotear nuestras siguientes relaciones.

Es evidente que esto también nos sucede.

Sin embargo, estoy convencida de que, por mal que te haya ido, has experimentado algunos grandes aprendizajes de vida en tu andadura. Seguro que son muchos, de hecho, aunque no seas del todo consciente de ello. Y no me refiero a la acumulación de conceptos intelectuales, o al enquistamiento de creencias que hayas podido poner en un pedestal (esto forma parte, de hecho, del espectro «mecanismos de defensa»).

Me estoy refiriendo a esa certeza que queda al descubierto ante tus ojos, a tenor de une experiencia equis, y queda registrada en tu corazón ineludiblemente; grabada a fuego para siempre. Se trata de un aprendizaje, o más bien una especie de recuerdo que emerge de algún lugar escondido de ti. Algo que, cuando lo «descubres», cuando lo asimilas, te das cuenta que, de algún modo, ya lo sabías. Pero ahora puedes hacerlo consciente, e integrarlo en tu repertorio de conocimientos de ti y de la vida. Puedes ponerlo en práctica en tu día a día.

Por ejemplo, volvamos al caso anterior en el que, supuestamente, te repones de una ruptura dolorosa. La primera fase quizá fue la de ponerte una coraza. Pero, después de las «caídas» necesarias, acabaste superándolo de verdad, de forma genuina. Y comprendiste, íntimamente, que aquel drama fue una ilusión. Que aquella sensación de que no volverías a sentir algo parecido por otra persona, no era real. Pudiste saber con una certeza aplastante, que esa capacidad de sentir estaba en ti… Siempre lo estuvo y siempre lo estará.

Estos son los «aprendizajes» de los que hablo.

Sigamos.

El enfoque óptimo

En realidad el «enfoque óptimo» según mi criterio, no es necesariamente aquel enfoque que te va a ayudar a siempre conseguir tus deseos, tus objetivos. Aquella actitud o perspectiva que te va a llevar a manejar las situaciones, circunstancias, relaciones… de modo que acabes consiguiendo el resultado que tú deseas (o te dé el máximo de posibilidades para ello).

A parte de que, por supuesto, no tengo la «fórmula mágica» para controlar las circunstancias y eventos de la vida como tal, me parece necesario tener en cuenta el hecho de que muchas veces (por no decir, la mayoría), o no sabemos lo que queremos o lo que queremos, en realidad no es, digamos, lo que más nos «conviene». 

Nuestros deseos no siempre son los «acertados», no siempre tenemos una visión lo suficientemente amplia como para decidir con fundamento y de forma consecuente lo que deseamos. Normalmente, deseamos un fragmento de una «realidad», sin contemplar otros aspectos de esa realidad (que quizá no nos apetecen tanto); o sin tener en cuenta la concatenación natural de eventos que le sigue a esa circunstancia «elegida».

¿No te ha pasado nunca que deseaste con fervor algo y, un tiempo después te alegraste profundamente de que no se cumpliera? De lo que se concluye que tu deseo del momento no era tan «real», tan sólido.

Además, como te decía más arriba: Muchas son las circunstancias y desafíos que hemos vivido en nuestra vida que no hubiéramos elegido en su momento y que, mientras las vivíamos teníamos claro que era algo «malo»; algo que «no debería estar pasando». Sin embargo, cuando lo miramos con la perspectiva que da el tiempo, la distancia emocional, y la contemplación de nuestro recorrido posterior, entendemos que aquello fue bueno para nosotros; incluso necesario. Nos damos cuenta de que no hubiéramos hecho ese  aprendizaje que tanto necesitábamos, o  no hubiéramos dado un salto evolutivo equis, o superado un miedo paralizante… O no hubiéramos tomado aquella decisión que tan bien nos fue, si no hubiera sido por aquella circunstancia «negativa» previa.

O dicho de otro modo: Si hubieras conseguido lo que en aquel entonces querías, te hubieras perdido grandes aventuras y aprendizajes, experiencias de superación… No hubieras conocido aspectos ocultos de ti, no hubieras descubierto en ti capacidades sorprendentes, no hubieras conocido la magia de la satisfacción personal y, quizá, seguirías en exceso dependiente de las circunstancias externas (sufriendo si no consigues lo que ansías y sufriendo si lo consigues, por el miedo a perderlo o por anhelar algo nuevo ahora).

Es importante incorporar esta visión más amplia a los desafíos, conflictos y demás adversidades actuales. Aquello que te está retando ahora mismo, que te pone al límite, que te parece claramente un error, mala suerte o culpa de algo o de alguien, esconde definitivamente un gran «tesoro» para ti. Independientemente de la realidad que estés viviendo ahora mismo, las dificultades con las que lidias tienen un potencial gigante de dotarte de herramientas y aprendizajes que te llevarás «puestos» para próximas andaduras.

Y es importante hacerlo porque no se trata de mera «teoría filosófica», que nos encanta para reflexionar en algunos momentos. Se trata del legado de tu propia experiencia. Ese aprendizaje ya está latente en ti, más o menos incorporado a tu vida. En tu mano queda el usarlo más y más en todo lo que vives, o no.

En tu mano está el que esto no se quede solo en teoría; en tu mano está el dejarte de golpear una y otra vez con las mismas «paredes» en los retos que se te presentan. 

Si lo haces, ya no tienes nada que temer; porque, independientemente de lo que suceda en tus circunstancias externas, tú siempre saldrás ganando. Todo, absolutamente todo lo que vivas, puede acabar convirtiéndose en un beneficio profundo para ti. Y será así porque tú lo habrás convertido en ello. 

No digo que no sea un cambio de perspectiva exigente. Pero sí afirmo que es el único que tiene sentido, a largo plazo.

Se acaba entonces la necesidad de control, gran parte de nuestros miedos y apegos, tanta tensión, manipulaciones, dependencias emocionales (activas y pasivas), desengaños… Vas soltando poco a poco toda esa lucha. 

Dicho de otro modo: Cambias la preocupación por la ocupación.

Tú puedes hacer la «alquimia» de convertir el «plomo» en «oro». De hecho solo tú puedes crear ese «oro» para ti. Y, de hecho también, solo ese es el «oro» que andamos buscando todos sin saberlo.

La idea de fondo de todo esto, también queda recogida en este otro contenido, en el que te hablaba de «La noche oscura del alma». Por si quieres echarle un vistazo.

La enfermedad

Como sabrás, la adversidad que ayudo a encarar con especial protagonismo, es la enfermedad o sintomatología física.

Bueno, realmente, mi visión de la enfermedad y mi propuesta de sanación engloba de forma holística todas las facetas de la persona enferma (la mental, la emocional, la física, la energética y la espiritual). Así que empezamos por aplicar este enfoque que vengo describiéndote en este artículo, directamente en la enfermedad y/o síntoma físico. En cómo nos relacionamos con nuestro estado de salud. Y, a partir de ahí, vamos «tirando del hilo», encarando conflictos, «temas pendientes», miedos, etc., etc., y aplicamos este mismo encuadre a todo lo que vamos encontrando a nuestro paso, mientras reconocemos, integramos, nos reconciliamos, afrontamos y sanamos todo lo que sea necesario.

Pero me centro en la aplicación de este enfoque en la enfermedad en sí misma para no extenderme demasiado.

La postura convencional con respecto a la enfermedad (resumiendo muchísimo) es algo así:

La enfermedad es algo malo, algo que no queremos que nos pase, algo que hay que evitar. Cuando sentimos los primeros síntomas, nos lamentamos, y muchas veces, empezamos a temer. Entonces empezamos a querer respuestas, a querer entender qué está pasando en nuestro cuerpo (observando nuestro cuerpo y sus posibles problemas de salud como algo separado e independiente de nosotros como seres completos). 

Buscamos información, opinión, opciones y soluciones en fuentes totalmente externas a nosotros (normalmente médicos y demás profesionales de la salud). A menudo (sorprendentemente a menudo) nos sometemos a los criterios de esas fuentes externas sin cuestionarnos gran cosa, muchas veces sin hacer demasiadas preguntas y sin comprender del todo el criterio tomado.

Seguimos las instrucciones recibidas esperando obtener cuánto antes los resultados deseados (ya hemos hablado antes de que nuestros deseos no siempre son necesariamente nuestro mayor bien). 

A partir de aquí, ya depende de cómo evolucione la cosa sufriremos más o menos; y obtendremos unos resultados u otros.

 

Y hasta aquí, un resumen muy simplificado del paradigma mayoritario con respecto a la salud y a la gestión de la enfermedad.

Entiendo que no todo el mundo trata de este modo sus problemas de salud y que pueden haber muchísimas variaciones, grados y matices. Especialmente en tu caso, que estás leyendo esto.

Sin embargo, estarás de acuerdo conmigo en que, hoy por hoy, ése es, a grandes rasgos, el planteamiento más popular.

Y ésta es la visión que yo propongo teniendo en cuenta lo que venimos tratando en este artículo, también muy simplificada:

La enfermedad es una experiencia neutra que trae consigo una información muy valiosa del estado oculto de nuestro interior y de nuestra vida. Si la usamos como «oráculo», nos ayudará a conocernos en profundidad, nos empujará a trascender miedos, límites, creencias, apegos, patrones, etc. Nos dará un extra de impulso, de fuerza, ya que ahora tenemos motivos para «ponernos las pilas» en aquellos asuntos que quizá ya intuíamos como pendientes, pero íbamos postergando. Por fin entendemos que nos perjudican demasiado.

Nuestro cuerpo no es una entidad separada de nuestro ser, sino que es la parte más visible y densa de éste. Así que la enfermedad no es algo que «nos pasa», sino el resultado del desequilibrio que generamos en nuestra vida sin darnos cuenta por cómo gestionamos el conflicto. Esto no nos otorga la «culpa» de nuestros problemas de salud, sino el poder para revertirlos.

De este modo, desaparece gran parte del miedo a una evolución negativa (que se agrava cuando pensamos que esto es algo aleatorio). O dicho de otro modo, una vez más, dejamos de preocuparnos para pasar a ocuparnos. Y nos hacemos cargo de todo lo que está en nuestra mano para recuperar el equilibrio a todos los niveles.

Además, empezamos a recoger el «oro» de sanar heridas internas, de equilibrar nuestra vida, de comprendernos a nosotros mismos y a los demás. Por lo tanto, dejamos de apegarnos en exceso a un resultado concreto en nuestra salud y disfrutamos de todo el proceso. 

 

También hablé de la oportunidad enorme de crecimiento que puede ser la enfermedad en este otro contenido.

Continuamos en el próximo artículo

Continuaremos con este tema en el siguiente post del blog.

Pondré otro (u otros) ejemplo/s, hablaré de las dificultades más comunes que nos encontramos cuando queremos aprender a usar nuestro dolor de este modo, explicaré técnicas y conceptos para conseguir llevarlo a cabo y también detallaré el porqué hacerlo. Todo esto de forma genérica y también aplicada a la enfermedad.

Así que te veo en el próximo artículo. Y si se te ocurre alguna pregunta o comentario, por favor,  déjalo aquí abajo.

Un abrazo. 

Desde 2014 liberada de una enfermedad "crónica" gracias a un proceso de transformación interior. Desde 2015 acompañando a otros a recorrer un camino similar al que hice yo.

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4 thoughts on “USA TU DOLOR COMO FACTOR DE IMPULSO

  1. Como siempre Cristina, excelente tu artículo. Me siento muy conectada con todo lo que mencionás y espero con ansias la segunda parte. Gracias!

  2. hola Cristina.
    Muy INTERESANTE EL ARTICULO, QUE PASO CON LA SEGUNDA PARTE, la estoy esperando, trate de bajarla pero no pude, en espera de tu respuesta.
    te envió un abrazo
    mariae

    1. Muchas gracias por tu comentario. La segunda parte aún está en el horno! Disculpa, se ha demorado un poquito estoy. Como aún estoy acabándolo, si tienes alguna pregunta o tema en el que te gustaría que hiciera hincapié, estás a tiempo!! Me lo comentas por aquí y lo añado. Calculo que al final lo publicaré el domingo. Un abrazo.

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