Mi estado de salud actual (2022) 1a Parte

Desde que inicié este emprendimiento y este proyecto online, me han preguntado muchas veces, de distinto modo, cuál es el estado de mi salud en la «actualidad» (la actualidad del momento en cuestión, se entiende).

Me han hecho preguntas como…

  • Si han desaparecido los síntomas y las limitaciones 100% o quedó «algo»…
  • Si me he vuelto a hacer alguna prueba diagnóstica y, de ser así, cuál ha sido el resultado…
  • Si me cuido de alguna forma complementaria…
  • Etc.

Y es lógico. Este proyecto nació de una experiencia propia extraordinaria de autosanación, de recuperación física contra todo pronóstico de una enfermedad «crónica como es la espondilitis anquilosante y, más específicamente, de la pulsión de divulgar y compartir dicho proceso para transmitir la idea de que cualquier persona puede transitarlo, si quiere.

Me han preguntado, también, detalles concretos de mi recuperación. Sobre todo, personas que andan en ese mismo proceso de recuperación. Algunos acompañados por mí en sesiones de consulta.

Es por ello que hoy escribo sobre esto. 

Al final, me ha quedado muy, muy largo, porque me ha parecido interesante hacer antes un repaso a mi historia previa en general, para encuadrarlo todo dentro de un contexto. Así que lo voy a dividir en tres partes.

Ésta es la primera parte, en la que te hago un repaso de mi historia de enfermedad.

¡Vamos allá!

Resumen de los puntos:

Breve repaso a mi historia

Te hago, ahora, un «rápido» repaso a mi historia de autosanación y toma de consciencia.

[Puedes también, si quieres, echarle un vistazo, a otros contenidos en los que ya conté partes de mi vivencia, como este vídeo o este artículo. También puedes encontrar información interesante aquí].

Vamos a ello:

Yo, desde niña, tenía interés y estaba familiarizada con teorías y conceptos relacionados con el desarrollo personal, la consciencia, etc… Leía libros de psicología, reflexionaba al respecto. Escribía en mis cuadernos mis reflexiones, mis «filosofadas» de aquel entonces…

Había leído también libros de Louis. L. Hay, de medicina alternativa, de espiritualidad… Algo había oído y leído en relación a la sanación natural, a la influencia de las emociones, por ejemplo, sobre la salud física desde la infancia… De adolescente, investigaba bastante por mi cuenta en temas de autoconocimiento. Y, especialmente un poco más adelante, a partir de una crisis (/depresión) que sufrí hacia los veinte a raíz de mi mi gran desengaño (/»dramón» amoroso).

Hacia los veintiún años, cuando empecé a estar «mejor» anímicamente, comencé a padecer frecuentemente un fuerte dolor en la parte baja de la espalda (luego descubriría que esto se relacionaba con la crisis previa). Aquello iba en aumento y me limitaba cada vez más. También fui identificándome cada vez más con mi dolencia y con mi condición de «persona limitada». 

Así que el bucle estaba servido (más me afectaba, más me lo creía: más me lo creía, más me afectaba).

Investigaba erráticamente entre los materiales que sabía que existían relacionados con las causas internas (emocionales, mentales…) de las enfermedades. Pero lo hacía de forma teórica, residual. Había como un muro, un obstáculo entre las hipótesis que entendía y me «creía», y mi modo inercial y automático de funcionar al respecto

No trabajaba a fondo y en serio los conflictos internos que sospechaba que habían en mí y se relacionaban con mi sintomatología, mantenía mi posición de víctima con respecto a la enfermedad sin darme cuenta, seguía atrapada en creencias limitantes que me condicionaban, continuaba enfrascada en la búsqueda de una solución externa….

Mis síntomas, mis episodios de limitación y dolor se seguían sucediendo. Iban en aumento y cada vez dejaban un poso más profundo en mí de indefensión aprendida, de identificación con mi rol de impedida.

Así pasaron años.

Luego, en medio de un momento bastante intenso de mi vida, un buen día se me enrojeció el ojo y me dolía un poco. Lo fui dejando pasar pero el dolor iba creciendo. Al final, desperté un día con un dolor insoportable. El médico me explicó que se trataba de uveítis (una enfermedad grave del ojo). Y que había que hacer pruebas para descubrir la causa. Podía haber una enfermedad grave encubierta que estuviera generando la uveítis. Después de varias pruebas, llegó el diagnóstico: Espondilitis anquilosante.

En un inicio, sentí alivio. Pensé que, a partir de ahora, los médicos sabrían ayudarme. Estaría en buenas manos.

De forma más subrepticia y encubierta, también sentía como una satisfacción rara: Por fin se demostraba que realmente estaba enferma. Quedaba justificado mi dolor, mi limitación, mi incapacidad. Sentía una especie de «bálsamo reconfortante» por tantas veces que me había sentido incomprendida. Incluso, me daba más permiso para «cuidarme», para descansar, para recibir atenciones. 

Pero, como digo, todo esto era bastante inconsciente, por el momento.

No tardé en darme cuenta de que nada cambiaba en realidad. Y que estaba sumergida en una especie de arenas movedizas que me arrastraban más y más hacia abajo en el pozo en el que me encontraba.

Cada vez, mi enfermedad ocupaba un papel más protagonista en mi vida. En todos los aspectos.

Mi transformación (resumida)

Después de estar muchos años con síntomas, con limitaciones, con un papel aprendido de víctima, con mucha rabia, dolor, y miedo acumulado al respecto… 

Después de ya haber tenido el diagnóstico, probar todas las alternativas de tratamiento que me proponían los especialistas… Después de que el dolor no desaparecía, después de estar medicándome muchísimo, de notar los efectos adversos de dicha medicación…. Después de innumerables bajas médicas, constantes visitas al hospital, al reumatólogo, al oftalmólogo… Numerosas pruebas diagnósticas…

Un buen día tomé una decisión. La verdad es que no recuerdo exactamente el contexto. No sé si hubo un detonante específico que me hiciera reaccionar… No sé si leí u oí algo… Creo que fue un cúmulo de cosas.

El caso es que decidí dejar de ir al médico. Dejar mi seguimiento y mi tratamiento. Simplemente dejé de asistir. Lo dejé todo sin previo aviso.

La verdad es que, ahora que lo miro con retrospectiva, en su momento, fue un paso decisivo. Afronté muchos miedos con esa decisión: A mi alrededor, me decían que estaba loca, me trasmitían su preocupación… Yo no sabía seguro (ni mucho menos) si lo podría soportar o empeoraría estrepitosamente. Desobedecí el consejo médico. Y no sabía si esto podría darme problemas en el caso de necesitar «volver». Me aterraba tener que arrepentirme después. Pero seguí adelante gracias a una mezcla de fe emergente, misteriosa… y el hastío de la certeza de que, de no cambiar nada, iba a seguir igual o peor…

Así que abandoné el circuito médico (sintiéndome un poco culpable al principio, la verdad).

Me decidí a investigar más a fondo las causas internas de mi dolencia. 

Me determiné a tomar hábitos más saludables de forma comprometida y regular: Hacer ejercicio moderado diario, aunque sintiera ciertas molestias. Cuidar más mi alimentación (nada radical y exótico, simplemente comer más saludable y natural), también fui dejando de comer carne y pescado por aquella época.

Empecé a tomarme en serio la relajación y la meditación como hábito cotidiano.

Lo que más destaco de aquel cambio es la la asunción real de la responsabilidad del cuidado constante de mi cuerpo.

Y no empeoré. 

Siguieron los brotes de vez en cuando, pero me había quitado de encima la medicación, las visitas médicas, la pesadilla en la que se había convertido todo eso. 

El balance general era que me había quedado más o menos igual (quizá te diría que incluso algo había mejorado) pero ya me sentía más autónoma. Dejé de esperar «milagros» del exterior. Solté la expectativa inconsciente de que alguien o algo iba a «salvarme». Le había perdido cierto miedo a mi «condición»; a que emporara. Me cuidaba más en el día a día, aprendí a llevar mejor los brotes… Me sentía más «en control» de mi estado.  

Pasó así cierto tiempo (dos o tres años, creo). Y luego, vino otra «crisis».

Coincidieron varios eventos en mi vida que me hicieron sentirme de nuevo al borde del abismo: Varios conflictos con las personas de mi entorno (mi madre, mi compañera de piso, un chico al que estaba conociendo…). También perdí el trabajo que tenía en ese momento. Y, a los pocos días, me «visitó» un brote inflamatorio como hacía mucho tiempo que no había tenido. Me quedé postrada en cama, incapacitada y llena de un dolor insufrible.

Me sentía abrumada por el dolor emocional, por la confusión… Por sentir algo así como que nunca hacía nada bien. Que toda mi vida era un desastre. Y la enfermedad era «la guinda del pastel». Se me vino el mundo encima. Me sentía perdida.

Recuerdo pensar seriamente esos días que nunca debí haber dejado el médico. Me planteé muy en serio volver al médico, pedir ayuda e intentar tramitar algo así como una invalidez permanente.

Pero justo en ese momento, por «casualidad», llegó a mí una información nueva. Un familiar me habló de Enric Corbera. Me hizo ver un solo vídeo. Entendí ciertos conceptos de la biodescodificación… En concreto, en ese vídeo, Enric, desarrollaba un concepto llamado «la cuarentena». 

Varios clics se accionaron en mi cabeza viendo ese vídeo. 

Salí de esa reunión familiar, teniendo decidido que me iba en pocos días a hacer el Camino de Santiago sola. Me vino la idea de repente y todo me encajó: 

  • Al haberme quedado sin trabajo, tenía tiempo suficiente para hacer el Camino entero, sin interrupciones, cosa que ya quería hacer desde hacía tiempo; 
  • Podría reflexionar a fondo sobre los cambios que quería en mi vida;
  • Podría hacer mi «cuarentena» de la que hablaba Enric (alejarme de personas y dinámicas que me llevaban una y otra vez a repetir patrones y roles insanos inconscientemente) y así tomar consciencia de todo ello; 
  • Podría, con esa experiencia, afrontar miedos en general, que me perseguían desde niña; 
  • Además, era una forma muy contundente de demostrarme a mí misma que, a partir de ese momento, ya no le tendría miedo a la enfermedad (porque estaba justo saliendo de una convalecencia, tenía mucho dolor y me iba a hacer cientos de km. a pie!).

Así que me fui.

Explico mi experiencia en el Camino de Santiago en este artículo.

Algunas conclusiones al respecto

Cuando, a día de hoy, me transporto a aquella fase de mi vida en la que la enfermedad era la protagonista… Cuando recuerdo el dolor físico, la impotencia, la rabia… La incomprensión, la frustración, la sensación de injusticia, el miedo, la preocupación por mi futuro… Aún a veces se me ponen los pelos de punta.

Me sirve para recordar de dónde vengo y el valor de mi viaje. Para abrazarme y felicitarme; para confiar en mí cuando me sobrevienen las inseguridades. Las autoexigencias. Las comparaciones odiosas…

Me sirve para recordar que lo que hice fue una hazaña, una heroicidad. Sí, lo fue. Especialmente, teniendo en cuenta el contexto, teniendo en cuenta el condicionamiento recibido… Teniendo en cuenta la falta de referentes. Teniendo en cuenta el miedo… Lo pequeña que me sentía.

Y, más principalmente aún, me sirve para conectar con el dolor de las personas que están todavía ahí, atrapadas. Me llena de una fuerza robusta e íntima, difícil de entender racionalmente; imposible de expresar con palabras. Un empuje para continuar con mi labor, recordándoles y demostrándoles a las personas dispuestas a pegarse un viaje interior similar al que me pegué yo, que pueden. Que esa hazaña también está a su alcance.

Así que transportarme a aquellos momentos es parte de mi éxito en cuánto a mantener mi sanación activa, actualizada. También es parte de la fuerza motora de la que me alimento para mantener este emprendimiento a flote. Para seguir aprendiendo, para conectar cada día más intensamente con las personas que acompaño para poder guiarlas mejor hacia su propia conquista.

Viajo a aquellos tiempos cuando cuento mi historia, como ahora… Cuando tengo un pequeño atisbo de dolor que me recuerda a cuándo se empezaba a  desencadenar un brote descomunal… Me meto en la piel de la Cristina que fui cuando las personas con las que trabajo en consulta, me cuentan detalles de su día a día que se asemejan a mi vivencia… Cuando profundizamos en su dolor… Cuando, junt@s, miramos a la cara a los demonios que enfrenta…

Ése es un gran recordatorio para mí. 

Eso me ancla en lo que siento que es un equilibrio entre mantener cierto nivel de guardia, de alerta, de atención a mis procesos internos, al uso de mi poder… Y, al mismo tiempo, amar, agradecer e integrar esa parte dolorosa de mi vida.

La próxima semana...

Como he querido enmarcar, antes de entrar en detalle sobre mi situación actual, mi historia previa: resumirla, repasarla… Finalmente me ha quedado un texto muy largo (la verdad, me gusta hablar, ya sea de viva voz o por escrito, jeje).

Así que, al final, voy a dividir este artículo en tres partes:

Así que voy a continuar en el artículo de la próxima semana. Me extenderé más en concreto en mi estado actual. 

En él te voy a contar exactamente cómo estoy y, específicamente, lo que me ayuda a diario para mantenerme sana y fuerte: Te hablaré un poco de mis hábitos físicos, pero sobre todo de mis hábitos mentales, emocionales… La «verdad» en la que vivo día a día, y que me hace estar sana. 

Evidentemente, aunque éste vaya a ser un artículo enorme) me dejo muchos detalles y matices. Aquí solo puedo hacer un pequeño resumen. Así que, si te surge alguna duda concreta, no dudes en dejarme tus preguntas, más abajo, en la sección de comentarios.

¡Nos vemos la próxima semana con la continuación!

Un abrazo.

Desde 2014 liberada de una enfermedad "crónica" gracias a un proceso de transformación interior. Desde 2015 acompañando a otros a recorrer un camino similar al que hice yo.

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