UNA COTORRA EN TU CABEZA (II)

Este artículo es la continación de una primera parte. Leer aquí.

El ego no es malo en sí mismo

Como todo, tiene una función, y la suya es defenderte en un mundo dual; un mundo de opuestos, en el que hay buenos y malos, donde reina el juicio y cuyo origen principal es la percepción de la separación.

Un mundo demente en el que nos señalamos sin descanso unos a otros con un dedo acusador.

Sin embargo, en última instancia, su función es mostrarte lo que no eres, para que así, puedas descubrir lo que sí eres.

El ego es un compañero necesario en nuestro paso por la vida. Lo que sí es doloroso y limitante es que te identifiques con él hasta tal punto que tu verdadera identidad quede anulada; atada de pies y manos.


La voz del Ego

Aclarada un poco su naturaleza, volvamos a esa incansable vocecilla que te acosa sin cesar.

Parece tan real…. ¿Verdad? Sin duda, da toda la sensación de que sabe de lo que habla.

En las ocasiones en las que estás atrapado en una vorágine emocional, es muy, pero que muy tentador, escuchar sus consejos.

Tiene montones de argumentos y justificaciones. Liga una situación dramática a un puñado de causas —siempre externas, claro— de las que no podemos escaparnos porque “somos unas pobres víctimas atrapadas en una trampa cruel”.

Nos deshacemos en explicaciones y lamentos y todo parece encajar en nuestro puzzle. Incluso causa una satisfacción extraña, dentro de nuestro sufrimiento. Una especie de efecto embriagador que nos hace adictos a esa sensación y a esa actitud como verdaderos “yonkis”.


La otra voz

Pero ese sistema tiene un fallo: nos estamos engañando a nosotros mismos y, en un rincón oculto de nuestra mente, lo sabemos.

Esa certeza tiene una voz sutil y suave, a diferencia de la voz estridente de nuestra “cotorra”.

Y, como ésta última grita tan fuerte, parece casi ni oírse. Sin embargo, tiene una particularidad: es persistente como nada que conozcas. Jamás se calla del todo y siempre sostiene el mismo discurso, jamás lo cambia. Siempre te empuja hacia una manera distinta de hacer las cosas. Siempre instala una pregunta molesta en tu mente:

“¿Realmente estoy haciendo todo lo que puedo? ¿Realmente estoy siendo mi mejor versión?”.

Te empuja, de mil y una maneras, suave pero implacablemente, hacia el abismo de sumergirte en ti mismo.


Tú (no tu cotorra) decides

¿Qué vas a hacer tú? ¿A qué voz vas a escuchar ahora?

Te voy a dar alguna pista más para ayudarte a tomar una decisión:

Vamos a dar por hecho un supuesto: la vida es dolorosa. Ciertamente, vivir implica dolor. Sin duda.

¿Quién puede negarlo? Desde luego, en cierto modo, esto es inevitable.

Pero vamos más allá y pongamos encima de la mesa dos clases de dolor, en apariencia iguales, pero, en esencia no pueden ser más distintos:

  • Está el dolor repetitivo y cansino. No puede matarte, pero te golpea una y otra vez en la cabeza de modo que no puedes levantarla. Digamos, pues, que no te mata, pero tampoco te deja vivir. Es una herida, aparentemente cerrada pero infectada por dentro.

Llamémosle sufrimiento.

  • Por otro lado, está el dolor desgarrador que parece devorarte desde las entrañas, pero que después desaparece. Realmente destruye lo que eres, pero, si vuelves a erigirte de nuevo, después de todo, resucitará en ti un ser flamante. Jamás volverás a ser el mismo. Una versión regenerada de ti se alza con una vehemencia antes desconocida. Es el resurgir de las cenizas del fénix. Es el dolor que cura cuando se abre la herida y se limpia.

Llamémosle propiamente dolor, porque aquí éste se encuentra en un estado más puro.

Podemos decir, para simplificar, que el sufrimiento es del ego y el dolor es del yo (tu identidad real)

Sucede, lamentablemente, que demasiados de nosotros tenemos escasa tolerancia al segundo tipo de dolor y excesiva al primero.


Una contradicción

Somos perfectamente capaces de resistir estoicamente por años la carcoma de la mediocridad y la autocompasión, pero nos derrumbamos ante la incertidumbre.

Sí, así es. La incertidumbre es la clave de todo; el eje sobre el que gira todo lo demás.

No soportamos la incertidumbre. 

Territorios desconocidos.

Parecen ser, en definitiva, nuestro “Dragón Rojo”. Fíjate bien:

Podemos dar miles de rodeos, argumentar millones de excusas, soportar lo insoportable…

Y todo por no sostener la incomodidad de adentrarnos en algo que desconocemos, ya sea una nueva situación laboral, una relación diferente, o hacer las cosas de otro modo; esforzarnos más, o esforzarnos menos, o trabajar con otro enfoque, por ejemplo.

 

Si fuéramos capaces de reducir todos los obstáculos que nos imaginamos a una sensación interna de incomodidad -al fina y al cabo, todo lo que nos atemoriza, es un estado interno, no una circunstancia externa- nuestra resistencia se vería cuánto menos ridícula.

 

Estamos acobardados por el supuesto —que no tiene que ser, ni mucho menos, cierto— de que a nuestro atrevimiento le seguirá una sensación desagradable o dolorosa.

Es gracioso, porque no solemos ver las cosas así, pero no te quepa la menor duda de que no tememos romper con nuestra pareja; tememos hundirnos a causa de ello.

No tememos quedarnos sin empleo; nos aterroriza sentir que no valemos para nada.


Donde tienes tu atención, pones tu poder

Hay una solución para este cuadro. Y la buena noticia es que está al alcance de absolutamente todo el mundo:

¡Control dentro!

Recoge todo ese control que has ido desparramando por ahí a diestro y siniestro, como si no tuviera dueño —“estaré bien si me felicita mi jefe”; “me sentiré satisfecho si me suben el sueldo”; “me reconciliaré si me pide disculpas…”— y mételo dónde siempre debió de estar: dentro de ti.

Si, en lo más hondo de ti, llegas a comprender que, efectivamente, tú puedes reconducir un estado emocional para convertirlo en algo constructivo, se dará una transformación.

Si encuentras el modo de hacerlo —dándote tú y solo tú el apoyo que necesitas, motivándote cuando sea necesario, respetándote a ti mismo, etc.— verás reducidas tus cotas de temor enormemente.

Así pues, esa sensación de incomodidad ante la incertidumbre, se puede mantener a raya.


Un pequeño truco

Puedes prever esa incomodidad, para que no te pille por sorpresa.

Si sabes que va a aparecer y comprendes su naturaleza, también sabrás que, si te mantienes expuesto a esa incomodidad, no tardará en desaparecer.

La incomodidad tendrá lugar igual, pero te pillará preparado.

Necesitarás también un buen nivel de compromiso, para permanecer ahí, en esa situación que percibes como amenaza, cuándo tu impulso te empuje a salir corriendo.

Por cierto, en referencia a esto, quiero aclarar que la incómoda incertidumbre de la que estoy hablando puede presentarse en un amplio espectro de situaciones:

  • Aprender una habilidad con la que nunca nos hemos atrevido
  • Frecuentar lugares de un estatus económico y social alejado del nuestro
  • Vestir con otro estilo
  • Decir que no a algo a lo que siempre solíamos decir que sí —o a la inversa—
  • Cobrar por algo que antes hacíamos gratis
  • Esforzarnos por encima de nuestro límite habitual…

Que las diferencias entre estas situaciones no te confundan; el fondo de la cuestión es el mismo en todas ellas.

¿Y sabes qué? Somos capaces de soportarlo todo; de recuperarnos, de adaptarnos e, incluso, de salir mejorados en el proceso.


¡Mueve el culo del sofá de tu zona cómoda!

Lo que ocurre es que se nos ha condicionado para no salir de nuestra zona conocida, o zona de confort.

La mayoría de nosotros hemos sido bombardeados con mensajes de amenaza e instados a rodearnos de una seguridad aparente que, al fin y al cabo, no deja de ser ficticia.

Es como si se nos hubieran instalado en el cerebro ciertos programas y nos viéramos impelidos a actuar siempre según ellos, aunque ni siquiera a nosotros nos gustara el programa en cuestión.

En definitiva, lo que estoy sugiriendo es que ha llegado la hora de elegir libremente qué programas mantenemos en nuestro sistema, qué programas vamos a enviar a la papelera y qué programas nuevos vamos a instalar.

Es una tarea que le corresponde exclusivamente a cada uno de nosotros.

Te ha costado tanto hasta ahora hacerlo porque no sabes quién eres.

Puedes creer que lo sabes pero, a menos que hayas tomado del todo el poder sobre tu vida y, en consecuencia, vivas una vida plena y feliz, acorde con tus valores más íntimos, tienes deberes por hacer.

Si escuchas a menudo la voz de tu «cotorra», ten por seguro que has desoído a menudo tu voz real. 

Así que no digas “ya lo sé”. Reconoce que no sabes y averígualo.


Ponte en marcha

¿Y cómo? Sólo hay un modo.

Tu miedo es la clave. Has de ir hacia él.

Es el muro que te separa de tu yo esencial. Es una nube densa que no deja que te veas realmente en todo tu esplendor; que no puedas contemplar todo tu brillo, toda tu fuerza.

El miedo es inevitable, todo el mundo lo siente. Lo que marca la diferencia es el modo en que te relacionas con él. Y existen dos opciones:

O vas delante de él o vas tras él.

O lo que es lo mismo: o huyes o vas en su busca.

La primera opción te conduce al sufrimiento, y la segunda al dolor. Este último es más intenso, pero se disuelve para convertirse en “oro”.

Creo que lo sabes. Creo que todo el mundo lo sabe.


Puedes hacerlo

Lo único que necesitas es tolerancia a esa incomodidad que parece aniquilarte. Ten por seguro que lo único que aniquilará será las partículas superfluas de tu personalidad y tu vida, aquello que ya no necesitas. Tu esencia permanecerá contigo, porque jamás puede abandonarte. Es quien verdaderamente eres. Ahora podrás abrazarla por completo, sin obstáculos.

¡Adelante, ve hacia tu miedo! ¿Qué te acobarda? Ve hacia ello.

Gradualmente si quieres. Traza un plan. Primero una cosa y luego la otra. Eso sí, sin autoengaños, sin demoras.

Enfréntate a tu miedo. Ponte ante él y mírale a los ojos. No porque lo dice nadie, no para conseguir nada a cambio. No para demostrar nada. Única y exclusivamente porque así lo decides tú.

Porque estás cansado de sufrir y has decidido que mereces una vida feliz y despojada de turbaciones constantes.

Ve y conquista esa vida conquistándote a ti mismo. Despliega el valor que hay en ti. Sin duda, puedes hacerlo.

 

(Inspirado en un fragmento de mi libro DÉJATE DE TONTERÍAS, haz lo que quieres y punto)

lecturas de superacion personal

 

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