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MI GRAN DECISIÓN (1ª parte)

Delante del miedo

Ahora, pensando en lo que se ha convertido mi vida y la persona que soy, no puedo por menos que sentir escalofríos cuando echo la vista atrás y comprendo el impacto que tuvo en mí aquella aventura.

Todas las “casualidades” se confabularon para que yo decidiera largarme y para que lo hiciera justo en el momento en que lo hice y con el estado emocional en que lo hice. Debía de ser exactamente así para que todas las piezas de mi vida se movieran a velocidad de vértigo y encajaran en un puzzle distinto, nuevo y abrumador.

Echo la vista atrás y comprendo la importancia de aquel momento en el tren. O más bien, del estado en el que me sumergí sin esperarlo.

Fue justo después del momento más difícil.

 

Aunque me había dado un arrebato completamente impulsivo que me empujaba a hacer el Camino de Santiago y de hacerlo de manera inmediata como si fuera cuestión de vida o muerte, y aunque había desoído tajantemente los consejos de prudencia de mi entorno, justo la noche anterior me avasalló el miedo. Montones de dudas y preguntas invadían mi mente.

Mucho peor fue por la mañana al levantarme. Era muy temprano y mi compañera de piso me iba a llevar a la Estación de Sants, en Barcelona, para subirme a un tren camino a Pamplona.

Recuerdo que todo el empuje que había sentido los últimos días pareció evaporarse y empecé a sentirme incluso ridícula. ¿Para qué necesitaba hacer aquello? ¿Qué quería demostrar? ¿Qué necesidad tenía yo de someterme a algo así?

Quiero matizar aquí que estaba enferma y sufría muchos dolores óseos que me afectaban a la parte baja de la espalda y las piernas. A causa de mi problema, se me inflamaba el tejido óseo y muscular en esa zona y me pinzaba el nervio ciático afectando a las dos piernas. Tenía serias dificultades para apoyar los pies y caminar con normalidad.

Las últimas tres semanas había estado en cama prácticamente a tiempo completo y mi compañera de piso me ayudaba a vestirme y a ducharme. Así que cargarme diez kilos a la espalda y ponerme a caminar sola unos veinticinco kilómetros cada día durante más de un mes, no parecía lo más sensato.

Mientras me preparaba esa mañana todo me pareció una locura absurda. Me sentía por completo desconectada del motivo que me había llevado a tomar la decisión.

Sólo quería echar el tiempo atrás unos días y regresar a mi cama.

Me coloqué la mochila en mi habitación y me miré en el espejo. Me aterró lo que vi. Francamente no sabía si sería capaz de hacerlo, y tampoco sabía si podría superar el fracaso.

Aunque, ahora que tengo la visión ampliada que me da la retrospectiva, creo que mi miedo fundamental nacía de una certeza inconsciente de que la Cristina que se marchaba jamás regresaría.

Anabel y yo bajamos a la calle. La mochila ya me estaba molestando. Dios mío…

Nos montamos en el coche camino a Barcelona. En aquel trayecto de casi una hora pasé de estar completamente aterrada a sentir un primer atisbo de algo completamente distinto.

Cuando más pequeña me sentía ante el desafío de pegarme más de un mes en el estado de no tener ni idea de lo que ocurriría los siguientes minutos (si mi cuerpo aguantaría, si alguien podría ayudarme en caso de necesidad, con quién hablaría, donde estaría, cómo me sentiría…) mi compañera dijo algo:

—Mira, por mal que te vaya, “la pedazo de experiencia” no te la va a quitar nadie. Nunca—.

Esas palabras fueron música. A pesar de no haber dicho nada, lo había dicho todo.

No importaba el resultado, sólo la vivencia. Esa simple frase me catapultó de un plumazo a la emoción de los últimos días. Eso es lo que yo quería. Quería vivir. Quería atreverme. Quería saltar al vacío de mi miedo y la incertidumbre. No importaba el resultado.

 

El dolor me empujó a tomar una decisión hacia adelante

Había decidido unos días antes que me había cansado de mis límites, de mis miedos, de mi enfermedad. Me había cansado de quedarme quieta mientras la vida pasaba. Y las sencillas palabras que mi amiga pronunció mientras conducía, probablemente sin darle importancia, me devolvieron a mi determinación.

La decisión de irme a hacer el Camino de Santiago en realidad era un complemento añadido a algo mucho más grande. Mi Gran Decisión tuvo lugar unos días antes y lo cierto es que jamás había vivido algo similar. La tomé cómo creo que se toman siempre las Grandes Decisiones: en plena crisis.

Mi vida se había atascado en varias áreas a la vez  y en puntos que siempre solía atascarse. La situación me era más que familiar. Era algo circular y repetitivo que me tenía atrapada (relaciones tóxicas, frustración en el trabajo, resentimientos familiares antiguos…).  Se desencadenaba entonces mi sensación de impotencia y mi rabia, llevándome ésto a bloquearme aún más y entrando en un bucle inevitable.

Entre esos atascos, se encontraba, como no, mi enfermedad.

Cada vez que mi sensación de valía caía, mi salud también caía a los pocos días y sufría severos brotes de mi enfermedad (espondilitis anquilosante) que me postraban en cama. Como puedes entender, eso no hacía más que empeorar mi sensación de valía y… ¡toma bucle de nuevo!

Esos días me vi tan mal que incluso llegué a plantearme tramitar la invalidez laboral permanente, algo a lo que siempre me había negado.

Cuando creí que ya no sería capaz de soportar tanto sufrimiento (físico y emocional) nació una fuerza arrolladora en mí que, de verdad, no sabía de dónde salia.

Como yo en el fondo sabía de sobras que mi dolor físico estaba íntimamente relacionado con mi dolor emocional, esa desesperación me precipitó sin remedio a tomar una decisión sin marcha atrás; una Gran Decisión: Yo me curaba por dentro sí o sí. Y ya veríamos que pasaba con la enfermedad.

Esa decisión es la que obra los “milagros”. Porque toma un primerísimo lugar en tu vida y estás dispuesto a absolutamente todo.

Yo entendí que, o arreglaba esto, o no iba a ninguna parte. Y también entendí que sólo yo podía arreglarlo (la medicina no me había resuelto nada). Así que, todo lo demás de mi vida desapareció (relaciones familiares, relaciones de pareja, el trabajo, la seguridad económica…). Lo único que importaba ahora era aprender de una vez por todas a sanar mis heridas emocionales.

No tenía ni idea de por dónde empezar, pero eso no importaba, encontraría el modo. Todo lo que necesitas es tomar una Gran Decisión. Una Gran Decisión es sin peros, sin excusas, sin postergaciones. Pasa a ser lo primero y encuentras el modo de adaptar tus circunstancias a ella.

Además, parece que el Universo ha entendido que vas en serio y te pone las herramientas en el camino.

El mismo día me hablaron de un terapeuta que enfocaba la enfermedad como un síntoma de un conflicto interno. Lo vi de seguida y aproveché cada minuto de esa visita.

Salí de la consulta con la resolución de hacer borrón y cuenta nueva. Me largaba a reflexionar. Sola y sin contacto con nadie.

Entonces apareció en mi mente el Camino de Santiago como opción. Además, esto implicaba atravesar mis miedos de frente: pasaría de estar postrada sin poder moverme en una cama a caminar 800 km sola y con una mochila de 10 kilos. ¿Como? No lo sabía, pero lo haría.

 

Justo antes de “saltar”, el miedo intenta disuadirte

Como te decía, de camino a la estación, reconecté con esa sensación de poder que parecía haberse esfumado las últimas horas.

Sin embargo, me volvieron a flaquear las piernas cuando Anabel y yo nos abrazamos para despedirnos apresuradamente en medio de una calle atestada de coches, aparcadas en doble fila. La confusión volvió a aparecer cuando me dirigía a mi tren, sola.

Una vez ya en marcha, después de un rato dándole vueltas, cogí mi teléfono y lo miré.

Había tomado la decisión de permanecer desconectada de mi mundo mientras durara mi aventura. Me llevaba el teléfono únicamente para casos de emergencia. Mi familia y amigos estaban avisados y, a regañadientes o no, lo habían aceptado. Así que ahora había llegado el momento de desinstalar redes sociales, whatsapp y demás. Pero me habían llegado unos mensajes y quise leerlos antes de nada. Mensajes de ánimo, buenos deseos y admiración por parte de mi gente. Me emocioné, me alegré, sonreí, respiré hondo y lo eliminé todo.

Volvió el miedo un instante.

Luego fue desapareciendo para dar paso poco a poco (en las siguientes horas) a una sensación indescriptible: Libertad.

Cuando me enfrenté al vacío de la soledad, empecé a sentir como si algo grande y robusto estuviera creciendo en mi interior. No parecía tener demasiado sentido, pero empecé a sentirme mejor que nunca. No había motivo aparente, pero esa sensación era más real que nada y no paraba de crecer.

Esta es la sensación que te mencionaba al principio de este artículo; ese momento y ese estado que creo que fue el responsable de todo lo que vino.

Creo que me anclé al momento presente.

Nada importaba más que ese preciso instante. El sol que entraba a través de la ventana del tren, el calor en mi piel… Eso era lo único que había. Pasara lo que pasara, estaría bien y me sabía preparada.

 

Se abrió un mundo ante mí

Ese estado me acompañó a cada paso desde Roncesvalles hasta Santiago. Ese estado de intensidad, y despreocupación, viviendo al máximo cada segundo estuvo conmigo en cada pueblo, en cada albergue, en cada bar, en cada conversación, en cada risa, en cada lágrima, en cada dolor, en cada ampolla, en cada beso, en cada abrazo, en cada mirada…

Esa sensación irracional que me invadió en el tren el primer día era un camino sin retorno, aunque yo entonces no lo sabía. Sentir ese ensanche en mis límites mentales y emocionales, marcaría un antes y un después en mi vida y en mi manera de estar en el mundo.

Me pasaron muchísimas cosas y la recuerdo como la experiencia más significativa de toda mi vida. Marcó un rumbo nuevo en mí (por dentro y por fuera) y mi mente se ensanchó de forma irreversible.

Te contaré los detalles de mi aventura y de lo que ocurrió a mi regreso en el próximo post, la semana que viene

Por el momento, te digo que no he vuelto a ser la misma y, aunque a veces se atenúa el recuerdo, no tengo más que evocar aquella imagen del tren, para recordar que los límites son mentira. Me basta con regresar a aquel tren para reconectar con la emoción de saber que, estando vivos, todo es posible. Sé que ese estado de paz, confianza, ocupándome del único momento que existe, el presente, es la única verdad. Es lo único que tiene sentido, y lo único que necesitamos para ser felices.

Y sé que todo empezó con esa decisión. Pero no una decisión cualquiera, sino una GRAN DECISIÓN: una de esas en que sabes que vas a por algo caiga quien caiga. Es un salto al vacío en toda regla.

Cuando tomas una decisión así desde un lugar tan hondo de ti mismo, emprendes un camino sin regreso.

¿Y tú? ¿Sabes de lo que te hablo? ¿Has tomado alguna vez alguna GRAN DECISIÓN? 

¿O eres consciente de que no lo has hecho y quizá haya llegado el momento de hacerlo en algún asunto de tu vida?

¡Cuéntanoslo  y todas aprenderemos!

(La historia continúa en este post).

 

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Cristina Hortal
Un buen día, harta de sentirme prisionera en mi propia vida, tomé 4 decisiones que le dieron la vuelta a todo mi escenario.
Construí una vida coherente con mis valores.
Aprendí a serme fiel por encima de todo, y hoy mantengo mi promesa de respetarme en cada decisión que tomo.
¿Quieres aprender a hacer tú lo mismo?

6 thoughts on “MI GRAN DECISIÓN (1ª parte)

    1. Gracias, José. Un fondo de realidad humana que, de algún modo, puede tener que ver con cualquiera. Y es que creo que todas las personas tenemos algo en común: nuestra vida es un camino que nos lleva, por diferentes recorridos pero inevitablemente, a encontrarnos de frente con nosotros mismos. Este es un relato de un fragmento de lo que ha sido ese camino (valga la redundancia) para mí y lo que ha supuesto en mi vida. Pero todos estamos en ese camino (tú también, jeje). Un abrazo grande.

  1. Me ha encantado…ha sido como mirar dentro de los sentimientos de otro y ver los míos.gracias Cristina ….eres una luz brillante en cualquier camino….

    1. Hola José (otro José, qué curioso) ¿como estás? Sí, creo que cuando uno se abre de verdad y muestra algo de su esencia más pura, es inevitable causar ese efecto. Por debajo de miles de diferencias en nuestras “envolturas” todos estaos hechos de la misma “pasta”. Un abrazo, amigo.

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