El tabú de la muerte
En la sociedad occidental, en cierto modo, se trata la muerte como un tabú. Existen multitud de mensajes indirectos que nos llegan por múltiples vías y que nos instan a evitar la muerte, a rechazarla…
Sea como sea, a no incluirla de un modo natural en nuestro día a día. Está ahí y todo el mundo lo sabe, pero parece de mal gusto incluirla desenfadadamente en una conversación cualquiera.
¿Te ves a ti mismo, despidiéndote de un amigo, al que sueles ver un par de veces al año, diciéndole algo como esto: “Si no vuelvo a verte más, quiero que sepas que te quiero»?
Desmontando el mito
Si lo haces, es más que posible que tu interlocutor se escandalice y te diga algo así como: “No digas eso ni en broma”.
Le has despertado sus miedos y, como no sabe cómo lidiar con ellos, se siente incómodo. Seguramente lo hemos hecho todos nosotros más de una vez. Y es lo que nos parece normal porque así lo hemos aprendido, por activa y por pasiva, en nuestra sociedad.
Lo más curioso del tema es que, al que hace un comentario así, lo tachamos de pesimista e intentamos corregirlo, contagiándolo de nuestro “positivismo”, sin darnos cuenta de que es nuestro propio juicio de la muerte el que nos hace ver ese comentario como desafortunado.
No digo que sea beneficioso estar pensado siempre en la muerte y vaticinando desenlaces trágicos en todo momento. Pero sí considero que la muerte está presente absolutamente siempre en nuestra vida como una posibilidad y que me parece mucho más coherente contemplarlo así en cada una de nuestras decisiones, por banales que sean.
Convertir a la muerte en nuestra aliada
Integrar la muerte como parte natural e inevitable de la vida, no es ser negativo. De hecho, las connotaciones negativas se las ponemos nosotros, porque nos aferramos a la vida carnal como única realidad.
Sin duda, esto es fruto de una falta de conexión e intimidad con nuestra verdadera esencia; es falta de espiritualidad; es la identificación con la forma. Algo que tan normal nos parece y tanto sufrimiento nos ocasiona.
Pero… ¿realmente no existe otro modo de posicionarse en la vida? Yo creo que sí.
De hecho, no es así para las sociedades orientales.
Ir contracorriente de la mayoría
Sin embargo, nosotros tenemos tan integrada la connotación negativa de este concepto, que dudo que nos la cuestionemos habitualmente en nuestro día a día.
Otra cosa es esa brillante charla que tenemos con nuestro mejor amigo una noche de cervezas, en la que nos sentimos especialmente inspirados y acabamos filosofando cual Platón.
En una situación así, podemos ir un poco más allá de nuestros límites habituales, cuando ampliamos la perspectiva y profundizamos en el verdadero sentido de las cosas.
Lamentablemente, lo que sin duda resulta determinante en nuestra vida es el día a día; es aquella idea que nos repetimos, —aunque sea inconscientemente— desde que nos levantamos hasta que nos acostamos —y muchas veces también mientras dormimos, ya que se trata de algo inconsciente—.
“La muerte es terrible y oscura”, nos dice una vocecita en nuestra cabeza.
Nos acompaña como una nube invisible, no la vemos pero está. Se encuentra implícita en muchos de nuestros temores, en pequeñas decisiones que tomamos. La compartimos felizmente con las personas de nuestro entorno.
La magia de la aceptación
Aceptar nuestra propia muerte como algo presente, posible y natural —también en el caso de la muerte de las personas que nos importan—, al contrario de lo que pueda parecer, nos llena de energía entusiasmo y recarga nuestro poder para coger las riendas de nuestra propia vida.
Evidentemente, no hablo de una resignación pesarosa o algo parecido. Tampoco estoy hablando de vivir una vida temeraria desafiando a la muerte sin apreciar la vida.
Nuestros instintos de supervivencia son algo útil y natural que tiene su función y su razón de ser.
Sin embargo, el ser humano se caracteriza por unas necesidades superiores y más complejas que el resto de especies animales. El ser humano tiene necesidad de llenar su vida de sentido, de encontrar un para qué a su existencia.
La muerte como fuente de vida
Mirarte al espejo cada mañana y preguntarte seriamente si harías lo mismo que te dispones a hacer si tuvieras la certeza de que es el último día de tu vida, puede dar un giro radical al curso de tu existencia.
Puede que empieces a vivir con verdadero sentido, puede que dejes de perder tiempo en aquello que no aporta nada de valor a tu vida. Puede que te vuelvas un ser más comprometido y audaz y, lo más importante… Puede que vivas tu vida al máximo y hagas honor al verdadero privilegio que tenemos.
Evidentemente, se trata de tener la valentía de tirar por la borda cada compromiso, cada actividad y cada relación si uno descubre que realmente, la respuesta a la pregunta del ejercicio del espejo, es no.
Mantenerse consciente
Para ser sincera, no sé si en verdad se puede vivir así el cien por cien del tiempo y tomar cada pequeña decisión de cada día desde esa perspectiva —que seguro que en el fondo sí se puede—, pero lo que tengo claro es que todo el mundo puede plantearse este tipo de preguntas honestamente de vez en cuando, en las cuestiones importantes de nuestra vida y hacer los reajustes pertinentes.
Lo que sí tengo claro es que nos corresponde a cada uno de nosotros, y a nadie más, decidir los derroteros por los que queremos que vaya nuestra vida. Y tengo claro también, que para eso, es útil imaginarse en el lecho de muerte y descubrir aquello que nos gustaría encontrarnos cuando hiciéramos un repaso de lo que ha sido nuestro paso por el mundo.
Ser consciente de la propia muerte, tener la certeza de que hoy puede ser tu último día es la mejor manera de no caer en la trampa de dejar las cosas para un momento mejor. Y de pensar que tenemos algo que perder.
Ante esta certeza, ya te encuentras desnudo, no hay nada que perder. No hay motivos para no seguir a tu corazón.
Encuentra tu pasión.
Hazte cargo de ti mismo, levántate una y otra vez, mira a los ojos a la gente y muévete por el mundo como si merecieras todo lo que este planeta tiene para ofrecerte.

