Intimidades

Recuerdo tener como unos veinte años y sentirme profundamente perdida (o 18, o 25…, en realidad duró bastante). Terriblemente sola.

Y lo peor… Realmente me sentía de otro planeta.

“Sabía” que las personas “normales” no podían entenderme. Hablaban otro idioma. Les importaban otras cosas.

Es como si el mundo no se hubiera hecho para mí. Y yo tuviera que adaptarme contínuamente a un entorno que no entendía.

Tenía que esforzarme contínuamente en ser otra persona; en adaptar mi discurso a lo que suponía que los demás esperaban oír. Debía disfrazar mis verdaderas motivaciones de otras más “comprensibles”. Más normales. Más de este mundo.

O al menos, yo lo vivía así.

Era agotador. Y, sobre todo, daba mucho miedo. Vivir así era espeluznante.

No podía relajarme, soltarme, improvisar. No me podía expresar libremente. No podía ser yo.

No ser tú da mucho miedo. De alguna manera, te sabes desconectad@ de tu poder. Clic para tuitear

 

En verdad, nada de eso era cierto. Al menos no de forma totalmente objetiva. Ahora lo sé. Pero te aseguro que entonces yo lo vivía así, con cada poro de mi piel.

 

 

Ahora que lo observo, fue una elección

 

Quiero hacer especial hincapié en que nada fue del todo cierto, y en que así lo viví yo (mi infierno particular, que describo más arriba), porque ahora que lo observo con retrospectiva, puedo ver que tenía otras alternativas. Puedo ver que fue una interpretación subjetiva (de separación y aislamiento) que me causó muchísimo (pero muchísimo) sufrimiento.

Yo lo elegí así, aunque entonces no fuera consciente de que tenía otras opciones.

De hecho, para ser totalmente sincera, he de reconocer que no era tan duro el 100% del tiempo. A veces, sin saber cómo ni por qué, todo iba bien. Me adaptaba bien al entorno y me sentía parte de él  sin necesidad de ponerme una máscara. Todo fluía.

Pero esa sensación se esfumaba rápidamente sin que me diera tiempo de ver por dónde se escapaba y me quedaba desolada y confundida.

Miraba a las personas que eran funcionales, operativas y que se creían sus propias mentiras tan felices sin hacerse tan sólo una pregunta profunda.

¿Cómo narices lo hacían? A mí sencillamente me invadía un vacío que parecía que iba a engullirme de un momento a otro. Perdía la energía para emprender cualquier proyecto. A veces, ni siquiera estaba centrada para mantener una conversación coherente.

Pensé mil veces que en verdad estaba loca. Cómo dolía…

 

Mi amargura dio frutos dulces

 

Sin embargo, necesité vivirlo así. Me fue enriquecedor, en un modo que no podía entender en ese momento.

Ese sufrimiento; esa sensación devastadora de soledad y de “pez fuera del agua”, me condujo a ahondar en mí.

Me sentía una impostora y, además, el personaje que había inventado no parecía funcionar demasiado bien en el mundo. Así que llegué a la conclusión de que algo debía estar fallando.  Además, puesto que todo era un desastre, no perdía gran cosa si “tiraba a la basura” parte de mi identidad.

Así que fue justo ese dolor de no saber quién era, el que me llevó a hacerme preguntas profundamente honestas al respecto. A estar dispuesta a deshacerme de aspectos con los que me había identificado y que no me pertenecían; que ya me estaban sobrando.

¿Qué quedaría de mí si me desprendía de todo lo que se había convertido en un lastre para mí? ¿En quién me convertiría? ¿Eso me gustaba? ¿Y qué clase de vida podría tener una persona así?

 

 

No son preguntas fáciles. Ni son preguntas que tengan una respuesta cerrada y definitiva. Su verdadero potencial no estriba en la respuesta, sino en la propia pregunta.

El hecho de afrontar ese tipo de cuestiones, implica una determinación a ir más allá de las formas y las apariencias. Implica un compromiso con la esencia (propia y del resto). Y es eso lo que encierra un potencial enorme. De intimidad, de conexión, de sentido… que empieza a impregnar cada aspecto de tu vida.

Si me hubiera adaptado de manera más “saludable” y cómoda a mi entorno, no creo que hubiera indagado demasiado en mis rincones ocultos.

No habría tenido acceso a la intimidad de la que ahora gozo conmigo misma. Tampoco habría ensanchado de modo tal mi capacidad de tolerar emociones y situaciones aparentemente insostenibles.

Eso me convertiría ahora en un ser más débil.

O, para ser más exactos, me identificaría con un personaje más débil (en realidad, todos somos inmensos). Porque no habría tenido acceso al montón de recursos que permanecían en mi interior, agazapados, a la espera de ser descubiertos.

 

Mi relación con los otros

 

Y, por supuesto, no podría sostener, respetar, y mucho menos reconducir, el infierno de otro. 

Sé que me hubiera perdido algo que ahora es uno de los grandes ejes de mi vida. Hubiera renunciado a encontrar mi manera particular de convertirme en un ser  valioso para otros.

Todos tenemos una forma única de entregar nuestro valor más puro al mundo. Y es todo un arte, y un desafío, encontrarlo y pulirlo para que brille.

El mío tiene que ver precisamente con tener la capacidad de extender esa honestidad y profundidad en la relación con otros (cuando están dispuestos, claro) y esto les sirve para ir labrando una nueva relación con ellos mismos.

Les da una especie de permiso para mirar dónde no están acostumbrados a mirar de sí mismos. Esto les libera y les ayuda a desplegar nuevas fortalezas y nuevas posibilidades.

Puede que no siempre encuentre una respuesta sencilla y la palabra adecuada a la primera. Pero sí sé hacer  una cosa muy bien:

Puedo mirar de frente el infierno caótico y oscuro de alguien sin titubear, y ver más allá de él.  Puedo acompañarle desde el lugar en el que se ha perdido, y acompañarle a una comprensión llena de luz que le hace recuperar su poder.

Y resulta que eso es un oasis de inigualable valor para la persona que está atravesando su desierto.

Sé que no cualquiera tiene esa habilidad y yo la tengo.

Hay muchísimas otras cualidades, que son normalmente más apreciables en el mundo terrenal, que yo no tengo. Cosas con las que yo soy muy torpe, la verdad. Ya te lo he contado un poco, de hecho.

Me costó mucho entenderlo y dejar de odiarme por ello.

Así que ahora que encontré mi tesoro, ¿por qué iba ser modesta con él? ¿Por qué iba a desperdiciarlo escondiéndolo?

 

Un recuerdo doloroso, pero útil

 

Para ilustrarte un poco mejor lo que intento decirte, déjame  describirte una escena que viví, tonta tal vez, pero que nunca he olvidado.

Y hace ya unos años. Cerca de veinte, más o menos.

Estaba yo en una de mis crisis existenciales. Era muy joven y no tenía problemas serios. De hecho, otros pensarían que todo me iba bien. Pero sentía una desconexión, una falta de sentido y una pena que me moría.

A mi alrededor, creo que decían que tenía depresión.

Recuerdo una escena en concreto, en la que yo estaba tumbada en la cama. Sin fuerzas para levantarme y sin poder parar de llorar. No sé el tiempo que llevaba así.

Mi madre estaba de pié junto a mi cama, mirándome. Sostenía un plato con una merienda que sabía que no me comería, y lloraba de pura impotencia.

“¿Pero qué te pasa, hija?”

Cuánto dolor había en su voz… No tenía ni idea de cómo ayudarme, y no soportaba verme así. Mi sufrimiento la superaba.

Recuerdo esa imagen como si fuera ayer. Porque me llenaba de culpa.

Yo no sabía explicar lo que me pasaba, ni quería sentirme así. Sabía que no tenía motivos aparentes. Y me sentía ingrata por no poder simplemente vivir normal y sonreír para que mi madre estuviera tranquila. Sin embargo, no sabía salir de ahí.

Y el hecho de que a ella le asustara tanto esa parte de mí, me aterraba aún más. Me hacía sentir aún menos adecuada.

Ella me quería ayudar, pero no podía hacerlo. No podía sostener mi infierno…

 

¿Y por qué te cuento yo todo esto?

 

En primer lugar, porque me apetece. Siento el impulso de descubrir algunas de mis sombras contigo, que me lees.

También porque sé que no soy la única que ha vivido el infierno particular de sentirse solo en el mundo. Y leer esto pueda reconfortarte.

Y, por último, para que comprendas un poquito mejor la peculiaridad y el valor de los servicios de acompañamiento que yo ofrezco a través de este blog.

Para que puedas identificar mejor si tú necesitas algo así. O puedas hacerlo en algún momento.

Mañana te voy a presentar en concreto una forma de acompañamiento nueva que he planteado. Te la contaré un poquito mejor. Pero antes quería “mojarme” y mostrarme más como persona y como acompañante.

Así que si crees que pueda interesarte esto, permanece atent@ al artículo de mañana. O al correo si estás suscrit@ en mi newsletter, porque te lo contaré por allí, con detalles, y con alguna ventaja.

Y nada más, por el momento. Si este escrito te ha movido recuerdos, emociones, o te apetece compartir lo que sea, me encantará leerte y responderte en los comentarios :).

 

 

 

 

 

 

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Cristina Hortal
Un buen día, harta de sentirme prisionera en mi propia vida, tomé 4 decisiones que le dieron la vuelta a todo mi escenario.
Construí una vida coherente con mis valores.
Aprendí a serme fiel por encima de todo, y hoy mantengo mi promesa de respetarme en cada decisión que tomo.
¿Quieres aprender a hacer tú lo mismo?

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