¡Gracias, mamá!

Sabes que las fechas marcadas por convencionalismo, me dan igual.

Pero si el convencionalismo en cuestión me es útil para recordar, celebrar o reflexionar sobre algo que me importa de forma intrínseca, ¡me subo al carro como la que más!

Hoy celebramos en España el  Día de la Madre.

¿Para que me sirve a mí eso? ¿Para qué puede servirte a ti?

A mí por lo  menos, me sirve para emocionarme mientras ahondo en una cuestión sobre la que ya he indagado en otras oportunidades, pero que hoy vuelve a estar candente en mi corazón:

Siento un honesto, rotundo y eterno agradecimiento hacia mi madre.

Aunque a veces no conecto consciente y mentalmente con ese sentimiento, es algo real y profundo.

En mi mente racional, en mi personaje como Cristina, no siempre me he sentido ni me siento así. Aunque es cierto que cada vez más y de forma más natural y espontánea.

Mi alma, sin embargo, siempre ha sabido que soy afortunada :).

Y no, no estoy hablando de ñoñerías y vidas perfectas.

También estoy hablando de dolor, rabia,  rechazo, decepciones, culpa… De todo lo que puede englobar una relación madre-hij@.

Que no hemos salido de una peli de Disney. Somos personas reales, ¿verdad?

Y ahí radica el hermoso reto, el verdadero regalo, si sabemos verlo.

Y de esto voy a hablarte.

 

Mi caso personal

 

Mi relación con mi madre no fue fácil.

 

No fue fácil para mí ser su hija, y no fue fácil para ella ser mi madre. 

 

Estoy segura.

He hablado a menudo en este blog de un momento determinante en el que sané muchas de mis heridas vitales, y de cómo eso repercutió en la salud de mi cuerpo.

Lógicamente no fue algo que ocurrió en dos días, sino que se fue dando y cayendo por su propio peso. Pero sí es cierto, que en mi caso, hubo una especie de catarsis que concentró grandes tomas de conciencia y decisiones liberadoras consiguientes, en muy poco tiempo.

Y uno de los frentes que abordé, que fui capaz de ver de otra manera y transformar, fue la relación con mi madre. Y sé que eso marcó un antes y un después para mí en muchos aspectos.

Yo viví conflictos varios con mi madre que no vienen al caso. Es cierto que no fue lo dramático que puede ser para otras personas. En general, tuve una madre que me quería, estuvo presente e hizo todo lo que pudo.

Pero también tuve una madre con grandes heridas emocionales. Con dificultad para quererse a sí misma.

Eso le transmitieron y eso me transmitió.

No es un caso aislado, ¿verdad que no?

Eso se tradujo en dolor y proyecciones de todo tipo.

Resumiendo muchísimo, en mi vida planeaba el fantasma constante de nunca ser suficiente para ella. Con la rabia, frustración y vergüenza correspondiente.

 

Hasta que me hice mayor…

 

Un buen día, dejé a mi madre en paz de una vez. 

No fue algo que hice hacia fuera; fue algo hacia dentro. Que también acabó notándose “fuera”, en nuestro vínculo, claro.

A un nivel muy profundo e íntimo, comprendí que me correspondía a mí aprobarme o dejar de hacerlo. Que estaba en mi mano construir una vida y una Cristina de las que sentirme orgullosa y satisfecha. Aunque éstas no fueran perfectas.

Fue liberador.

No fue un todo o nada. A veces cometo “errores de percepción” o conecto con viejas heridas, pero ya no es algo que domina mi relación con mi madre y mi relación conmigo misma.

 

La otra cara de la moneda

 

Ser madre también ha contribuido para mí, a seguir ampliando mi perspectiva. De hecho en mi caso, fue algo que ocurrió de forma muy correlativa:

Conecté con un verdadero perdón hacia mi madre y hacia mí como hija. Acto seguido, me quedé embarazada y pude continuar con mi “aprendizaje”. Esta vez, desde la perspectiva opuesta.

Esta vez yo era la madre. Con todo lo que ello conlleva.

He podido tomar consciencia de cosas como que:

 

  • Di por hecho que mi madre debía saber como ser una “buena madre”
  • Cuando una empieza en esto de la maternidad, no tiene ni idea de cómo ser madre y menos de cómo hacerlo “bien”
  • Hay mil retos y desafíos paralelos con los que lidia una madre, de los que un hijo no se percata

 

Para mí ha sido y está siendo una enseñanza valiosa.

Aunque no estoy diciendo que sea necesario ser madre para sanar la relación la madre propia.

Creo que la vida tiene múltiples vías para mostrarnos lo que necesitamos ver. Y que tú, en tu situación concreta (sea ésta la que sea) tienes todas las herramientas para trascender aquellos programas tóxicos y heridas que necesitas trascender.

La vida no se equivoca con esto. (Y con nada).

 

¿Cómo es el agradecimiento auténtico hacia tu madre?

 

(Y creo que esto puede aplicarse a múltiples ámbitos).

 

Un agradecimiento genuino, siento yo, es aquel que no depende de tu valoración positiva de la actuación de la otra persona.

 

Es decir, el agradecimiento verdadero va más allá de tus juicios de valor. Va más allá de las conveniencias de tu “ego”.

Es una “reacción” del alma.

Es cuándo comprendes que todo fue y es perfecto tal cual. A pesar de que “tu pequeño personaje” tenía otras preferencias. A pesar de que fue incómodo, duro o difícil.

Necesitabas ese dolor, o ese reto para crecer, para ser quién habías elegido ser.

También es una decisión libre y personal.

No agradezco en base a lo que hace el otro.

Elijo ver el tesoro en todo esto, que lo hay. Más allá de las apariencias. Más allá de mis juicios.

Yo puedo “usar” absolutamente cualquier circunstancia y sentimiento para beneficiarme; para ampliar mi comprensión, mi coraje, mi conocimiento de quién soy en verdad.

Soy libre para convertir mi dolor en amor.

 

Una vez más… ¡Tú decides!

 

La vida es una decisión constante.

Digo a menudo que las decisiones más grandes, más poderosas, tienen primero lugar en el interior.

Ésta de la que te he hablado hoy, es una “decisión hacia dentro”.

Potente y transformadora.

¿Eliges enfadarte, quejarte, culpar, lamentarte? ¿O eliges agradecer y hacer lo que tengas que hacer con tu vida?

Porque con este agradecimiento interno, tampoco estoy diciendo que tengas que andar dando las gracias a todos, aunque te estén dando tortazos.

En ese caso, haz lo que tengas que hacer.

Hazte respetar, cuídate. Y luego agradece el hecho de que esa situación o persona te mostró el modo en el que tú mismo te maltratabas.

Espero haberme hecho entender.

¿Te gustaría añadir algo a este post?

¡Vamos, quiero leerte en los comentarios!

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Cristina Hortal
Un buen día, harta de sentirme prisionera en mi propia vida, tomé 4 decisiones que le dieron la vuelta a todo mi escenario.
Construí una vida coherente con mis valores.
Aprendí a serme fiel por encima de todo, y hoy mantengo mi promesa de respetarme en cada decisión que tomo.
¿Quieres aprender a hacer tú lo mismo?

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