Conócete a ti mismo

En ocasiones las verdades más profundas son las más simples. Tanto, que se nos escapan.

En ocasiones también, esas verdades, las hemos oído tantas veces que nos hemos inmunizado ante ellas. Las hemos banalizado.

Con frecuencia, por haberlas intelectualizado, haberlas “entendido” mentalmente (como si ésa fuera nuestra única o mejor vía de comprensión), no nos hemos sumergido de veras en esa realidad. No la hemos hecho nuestra, no nos hemos fundido con ella.

Y pierden su sentido, su eficacia. Nos volvemos ciegos a su enorme potencial.

No impactan de verdad en nosotros ni en nuestra vida.

Concretamente, este aforismo griego, inscrito en el Templo de Apolo, en Delfos, forma parte de nuestra cultura.

 

Conócete a ti mismo

 

Hemos oído mil veces la importancia de conocerse a uno mismo.

En concreto, en los últimos veinte años, esta intención casi forma parte de una moda; la del desarrollo personal.

Pero… Hablemos de ti y de tu vida real.

A ver, dime:

¿A qué te suena la frase: “Conócete a ti mismo”?

Es posible que te resultara todo un descubrimiento en su momento. Puede ser que aún sea para ti una inspiración, un recordatorio que hace que te ubiques de nuevo en lo que de verdad importa en tu vida.

Pero puede también que te hayas acostumbrado tanto a ella que te suene bonita y ya está. Punto.

Es un concepto teórico que suena lindo. Lo oyes y sigues con tu vida.

Es más, es incluso posible que te suene a una utopía manida que no sirve para nada. O que al menos no funciona para ti.

No sé cómo lo vives tú. En todo caso…

¿Nos detenemos hoy un pelín en esta posibilidad que es conocerse a uno mismo?

¿Qué significa? ¿Qué implica? ¿En qué se traduce? ¿Cuán importante es para tu vida?

 

¿Qué es conocerse a uno mismo?

 

Verás, yo lo entiendo así:

Como seres humanos, en nuestro ser conviven dos entidades; son distintas y tienen distintas características, pero ambas son igualmente lícitas y necesarias para vivir nuestra experiencia humana. Que es, por otra parte, aquella en la que nos encontramos ahora mismo. Digo yo, que será por algo; que ha de ser justo la que nos toca vivir.

 

Somos dos

 

-Una de estas dos entidades es la más visible, la que presentamos a simple vista. La más “ruidosa”.

Está formada por aspectos relativos y cambiantes. Entre esos aspectos, podemos incluir nuestra personalidad, nuestra historia, nuestras creencias, nuestro modo habitual de reaccionar frente a ciertos estímulos, etc…

Algunos, en el mundo de la consciencia, le llaman, ego, o falso yo.

Todos tenemos esa entidad en nosotros. Es algo inherente a la experiencia humana en la que todos nos encontramos. La necesitamos.

Ésta entidad puede tomar miles de formas distintas, según cada caso. Distintas y complejas combinaciones de rasgos y características según cada persona.

Y, dentro de la misma persona, también es cambiante y moldeable. La podemos ir transformando a lo largo de nuestra vida. Ya sea de forma deliberada o sin querer; consciente o inconscientemente; de forma libre o condicionada; en un proceso lento y progresivo o de un momento a otro…

O puede permanecer muy estanca y fija, sin apenas modificaciones. No sé si idéntica, pero casi.

 


 

-La otra entidad, el otro yo que reside en cada uno de nosotros es distinto, pero convive con el anterior.

Suele ser mucho más discreto y sutil. Imperceptible a simple vista. No se manifiesta de forma evidente. Se le percibe de un modo mucho más suave, requiere de atención, aunque su presencia es más poderosa que la anterior.

No se manifiesta en una forma concreta y tangible.

Es muy difícil (o imposible) expresarla con palabras. Y hasta con hechos. Y desde luego, no resulta eficaz hablar de ella (ya lo estás viendo, leyendo esto).

Pero se siente.

Y de algún modo que no sé explicar, también se transmite a otros. Se percibe en otros.

Es capaz de conectar con esa misma parte de cualquier otro ser humano a un nivel profundo y significativo.

Es capaz de transformarlo todo de forma increíble sin esfuerzo.

Es capaz de inspirarnos a nosotros y otros.

Esa parte tiene el mismo fondo en todos nosotros; es igual para todos. Es lo que nos une unos a otros. También lo que une las distintas partes de nosotros mismos. En una sola persona. Lo que nos lleva a reconciliarnos con nosotros mismos, a que todo tenga sentido; nos lleva a la paz y armonía.

Es la parte más pura, más esencial de nosotros. Por lo tanto, no cambia. Es siempre igual, permanece intacta.

Algunos le llaman a esta entidad Yo Superior, o Yo Espiritual.

 


 

Para entender lo que significa conocerse a uno mismo, o acercarse a esa experiencia, vamos a explorar antes la idea contraria…

 

¿Qué es no conocerse?

 

No conocerse es el estado de conciencia convencional, normal. El más habitual.

Para el que está hecha, mayormente, nuestra sociedad. Nuestro mundo físico.

Por supuesto no se trata de un todo o nada. Es un continuo, como si fuera una línea y cada uno de nosotros estamos en un punto de esa línea. Y no creo que haya demasiados seres humanos que estén situados en ninguno de los dos extremos totales.

Pero, para resumir, lo expresaría así:

 

No conocerse es un confusión consistente en creer que somos (únicamente) la primera entidad.

 

Esa parte de nosotros más vistosa, que tenemos a mano más fácilmente, que corresponde a nuestra cultura, nuestra historia, nuestra familia…

Que tiene una explicación y justificación racional. Que reacciona de forma rápida y automática a distintos estímulos de nuestro entorno.

No es que esa identidad no sea parte de nosotros. Y no es que sea mala.

Es que no es la única. De hecho, es la parte más cambiante, menos estable, más relativa y, por consiguiente, más condicionada.

Depende de cosas tales como la influencia de nuestro entorno, nuestra cultura, los mensajes que nos llegaron de niños… Y mucho más.

Piensa sólo un segundo:

¿Tendrías ahora la misma inclinación religiosa (o ausencia de la misma) si hubieras nacido en otro lugar del mundo, en otra familia? ¿Si hubieras vivido en otra época de la historia?

Lo mismo para tus preferencias políticas. O deportivas…

Sólo son algunos ejemplos.

No conocerse es asumir que todo ese bagaje forma parte intrínseca de lo que tú eres. Que ves el mundo con ojos objetivos.

Es creerte libre siendo esclavo de esos condicionamientos. De esos programas que un día fueron instalados en tu mente.

Sin más cuestionamientos. Y no ver más allá de ellos.

No conectar (o hacerlo muy poco) con esa otra entidad que reside en ti.

 

Una metáfora efectiva

 

Hay un autor, al que conozco desde hace tiempo, pero con el que resueno cada vez más, que usa una metáfora brutal para explicar esto.

El autor es Emilio Carrillo y su metáfora es la del conductor y el coche.

Él explica que el coche es nuestra parte más densa, ligada a la materia. Está formado por nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y emociones.

Es ésta primera entidad de la que te hablé. La que vemos y mostramos a simple vista.

Tiene unos mecanismos automáticos y una gran utilidad. Pero necesita un conductor con criterio, que sepa a dónde va para guiarlo.

El coche no puede funcionar solo o, desde luego, no de forma efectiva y segura.

Necesitamos nuestro coche para vivir nuestra experiencia humana. Nos es muy útil.

Pero no somos sólo eso.

La parte que debe dirigir nuestra vida es el conductor, ayudado por el gran instrumento que es el coche.

 

Conocerse es saber que somos el conductor y que tenemos y usamos un coche. Y no a la inversa.

 

Es aclarar esta confusión o estar fuera de ella a menudo.

 

¿Desde dónde empiezo?

 

Desde el principio. ¿Y cuál es el principio?

No es el inicio de tu vida, tu infancia, la etapa en la que te estuviste formando en la tripa de tu madre… No es la vida de tus antepasados.

Investigar sobre todo ello te puede ayudar.

Pero el principio siempre es el momento presente. El ahora.

 

Puedes empezar desde el punto en el que te encuentras ahora mismo.

 

Puedes empezar a desidentificarte con aquello que no eres, observándolo. Sin tomar partido.

En la distancia emocional.

Puedes observar tu propia identificación con ello. Sin juicios, ni machaques. Sin lucha.

Pero de forma totalmente honesta. Sin reservas.

Si te empiezas a soltar (ya digo, sin rechazo, de forma suave) de lo que siempre has creído ser y no eres, lo que sí eres comienza a tener espacio. Comienza a manifestarse, a comunicarse contigo y a través de ti.

Es un movimiento natural.

Y, desde luego y como ya sabrás, es un conocimiento que no puede alcanzarse a través de la mente.

Podríamos decir que su músculo es el corazón.

 

Si te gusta, compártelo 🙂
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someone
Cristina Hortal
Un buen día, harta de sentirme prisionera en mi propia vida, tomé 4 decisiones que le dieron la vuelta a todo mi escenario.
Construí una vida coherente con mis valores.
Aprendí a serme fiel por encima de todo, y hoy mantengo mi promesa de respetarme en cada decisión que tomo.
¿Quieres aprender a hacer tú lo mismo?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

insert emoticons powered by JavaScriptBank.com